Cuando inicié mi etapa de emprendedor tomé la decisión de contactar con el mayor número posible de profesionales y emprendedores. El objetivo era contrastar la validez de la idea de negocio y obtener el mayor feedback de gente con experiencia contrastada.

Durante ese camino conocí gente fantástica, cracks, con ideas, ilusión y ganas de ayudar que me dieron importantes consejos y apoyos y, sobre todo, muchas críticas constructivas. Una escuela de aprendizaje que muchos intentamos trasladar a los que nos suceden en la medida de nuestras capacidades.

No faltaron tampoco los supuestos gurús con resultados tremendamente decepcionantes que te reciben con sonrisa y se despiden solicitándote el 5% de tu empresa por no sé qué servicios que todavía no sabes si necesitas (demasiado aguilucho suelto en torno a los emprendedores).

Un día asistí a un evento para emprendedores de Internet en el que me fijé en un «chaval» que estaba en un stand. Destacaba del resto porque era un tío enorme y porque tenía una sonrisa de oreja a oreja. Me acerqué y, tras preguntarme si era emprendedor, me invitó a participar en un sorteo para llevarse un par de licencias gratis de su producto:

-¿Y eso? – le pregunté

– Si no apoyamos a los emprendedores no salimos de la crisis en la vida.

Me explicó en qué consistía su producto y me pareció una idea brillante. Se llamaba Carlos Polo.

Tras investigar y ver que ese navarrico tan humilde era un gran emprendedor con experiencia contrastada, quedé con él para compartir más a fondo nuestros proyectos. Me dió los mejores consejos que he recibido hasta la fecha en varios campos clave del proceso de emprendizaje, pero especialmente me llamó la atención la libertad con la que hablaba. Hablaba claro, sin tapujos y me transmitía su opinión sin esperar nada a cambio y sin deberse a nadie. Poco a poco forjamos una buena relación de amistad y hoy en día incluso tengo la suerte de poder contar que he sido uno de los afortunados de haber probado sus alcachofas al foie y sus «Croquetas Don Pepe» (con permiso del autor). Y de haber conocido a Almudena, la gran mujer que siempre hay detrás de un gran emprendedor.

Ayer se hizo oficial el cierre de Doocuments. Y con la misma elegancia, profesionalidad y humildad con la que lo puso en marcha hizo pública su decisión. El fracaso o el éxito de un profesional se cuantifican en el largo plazo como el resultado neto de las decisiones tomadas durante toda su vida. En este caso, el cierre de Doocuments pasa a formar parte de los activos acumulados y al bagaje que, a buen seguro, podrá aportar a sus próximos proyectos. Además, ha contribuido, probablemente de forma inconsciente, a desmitificar la figura del emprendedor de éxito y a observar el cierre de un proyecto como un acto de valentía y madurez empresarial.

Y (manda narices el navarrico), es capaz de dar una última gran lección cuando el barco zozobra.

 

Eduardo Elorriaga Bracho